Skip to main content

Full text of "Nubes del alma"

See other formats


Palestra,  Santiago 
Nubes  del  alma 


Santiago   Balestra 


ubes 
del  Alma 


n> 


MOMTEUIDEG 
!P.  0.  M.  BERTfini-RECOnaUlSTñ,  B3D 
1  &]2 


NUBES    DEL    flLHd 


Digitized  by  the  Internet  Archive 

in  2010  with  funding  from 

University  of  Toronto 


http://www.archive.org/details/nubesdelalmaOObale 


SdNTIdQO    PALESTRA 


ES    PEL   A 


^ 
Ñ 


MONTEVIDEO 

Tipografía  O.  M.  BERTAKI 

1912 


/'  \  iRARy 
(      FEB  231972 


1% 


•c 


m  of 


v$t 


Talleres  gráficos   "El  Arte",  de  O.  M.  BERTflW.-  Reconquista,  630 


Amalia 


Cerca  de  un  manso  y  límpido  arroyuelo, 

Que  de  mi  patrio  suelo 
Cruza  con  pausa  una  campiña  verde. 
Se  halla  un  pueblo  apartado  y  silencioso, 

Cuyo  escaso  alborozo 
En  los  sombríos  árboles  se  pierde. 


II 


Pueblo,  donde  mis  horas  de  inocencia, 

Como  sutil  esencia 
Que  suave  desvanece  el  vago  viento, 
Se  evaporaron,  plácidas,  serenas, 

Sin  llantos  y  sin  penas 
Sin  que  nada  turbase  mi  contento. 

III 

Y  de  allí,  do  las  auras  á  las  flores 

Murmuran  sus  amores 
En  coro  con  la  diáfana  corriente, 
Recuerda,  en  este  día,  mi  memoria, 

Una  olvidada  historia 
Que  para  mí  no  ha  sido  indiferente. 


SANTIAGO    RALESTkA 


IV 


Amalia,  como  pura  y  blanca  aurora, 

Como  un  ave,  canora, 
Suave  como  el  azul  que  el  cielo  ostenta, 
Era  en  sus  tiernos  y  apacibles  años; 

Alma  exenta  de  engaños 
Que  su  hermosura  angelical  aumenta. 


Y  ufana,  placentera,  enamorada, 

V  también  adorada 
Por  aquel  que  la  ocupa  el  pensamiento. 
El  mundo,  en  su  ilusión,  le  parecía, 

Un  mundo  de  armonía 
De  pesares  y  lágrimas  exento. 

VI 

Xada  turbaba  su  completa  calma. 

Su  pura  y  celeste  alma 
Soñaba  el  porvenir  más  halagüeño, 
Que  la  clara  corriente  de  su  vida, 

Flotaba  adormecida 
En  alas  de  su  vago  y  dulce  ensueño. 


NUBES    DEL   ALMA 


VII 

Y  tímida,  inocente  y  venturosa, 
Prodigando  anhelosa 

Una  frase  ó  sonrisa  lisonjera, 

En  grata  y  deleitable  compañía, 
Gentil  se  le  veía 

Vagar  del  arroyuelo  en  la  ribera. 


VIII 

Y  allí,  bien  de  la  tórtola  el  arrullo, 

O  el  rítmico  murmullo 
De  la  corriente  límpida  escuchaban, 
O  ya,  el  canto  de  amor,  que  los  zorzales, 

De  los  verdes  ceibales 
Entre  sus  rojas  flores,  gorjeaban. 


IX 

O  corrían  tras  bella  mariposa, 
Que  leve  y  silenciosa 

Como  una  blanca  gota  de  rocío, 

En  los  lirios  del  valle  se  posaba, 
O  su  néctar  libaba, 

Revolando  lijera  á  su  albedrío. 


SANTIAGO    CALES!  KA 


X 


Y  cuando  ya  del  sol,  los  tibios  ray.os, 

En  lánguidos  desmayos 
Señalaban  el  término  del  día, 
Amalia  regresaba  á  su  morada, 

Afable  y  halagada, 
Dichosa  con  su  grata  compañía. 

XI 

¡Que  todo  para  su  alma,  en  lontananza, 

Era  azul  esperanza! 
¡Gratos  sueños!  ¡Recuerdos  seductores! 
¡Auras  de  la  mañana  perfumadas! 

¡Praderas  esmaltadas 
De  verde  grama  y  de  gallardas  flores  I 

XII 

Pasó  ya  breve  tiempo.  ¿Por  qué  Amalia, 

Aquella  hermosa  dalia 
Antes  tan  seductora  y  cariñosa, 
Se  muestra  para  todos  tan  esquiva? 

¿Y  por  qué  pensativa, 
Las  horas  pasa  triste  y  silenciosa? 


NUBES    DEL    ALMA 


XIII 

¿Qué  inesperada  nube  habrá  empañado. 

El  antes  azulado 
Cielo,  de  su  pasión  y  su  ventura? 
¿Por  qué  ya,  como  entonces,  bulliciosa, 

La  bella  mariposa 
No  persigue  con  ansia  en  la  llanura? 


XIV 

¿Por  qué  ya,  con  su  grata  compañía, 

Al  declinar  el  día 
No  vaga  del  arroyo  en  la  ribera? 
¿Por  qué  ya,  de  la  tórtola  el  arrullo, 

O  el  rítmico  murmullo 
No  escucha  de  la  linfa  pasajera? 


XV 

[Ayl  que  aquella  ilusión  color  de  rosa, 
—  ¡Dulce  ilusión  hermosa!  — 

Que  su  alma  enajenaba  de  contento, 

Vio  disiparse,  en  su  febril  delirio, 
Como  azulado  lirio 

Que  en  sus  alas  deshoja  el  raudo  viento  I 


10  SANTIAGO    DALESTRA 


XVI 

I  Que  el  sueño  angelical  que  era  su  hechizo, 

Turbaron  de  improviso 
Sus  padres  que,  aunque  amantes,  se  opusieron 
Al  dulce  porvenir  que  tanto  ansiaba! 

¡Ella,  lo  suplicaba... 
Mas  ellos,  insensibles,  no  la  oyeron! 

XVII 

¡Pobre  Amalia!  ¡Qué  son  ¡ay!  sin  fulgores, 

L03  íntimos  amores, 
Sino  hojas,  que  al  brotar,  secan  las  brisas! 
¡Flores  del  alma,  por  el  alma  amadas, 

Que  al  caer,  desbojadas, 
El  viento  del  dolor  las  hace  trizas! 


XVIII 

Vedla  ahora,  abatida  y  desolada, 
En  su  alcoba  encerrada 

Para  llorar  su  amarga  desventura, 

Que  en  ella,  Amalia,  sola  con  la  pena 
Vivaz  que  la  encadena, 

Apurando  va  el  cáliz  de  amargura. 


NUBltS   DKL   ALMA  11 


XIX 

O  vedla,  cuando  oculta  el  sol  sus  rayos, 
Y  en  lánguidos  desmayos 

Nos  envía  su  adiós  triste  y  sentido, 

Dando  paso  á  las  sombras  misteriosas 
Que  aéreas,  vaporosas, 

Hacen  al  corazón  dar  un  latido, 

XX 

Vagar  por  el  jardín.  Edén  que  un  día, 

Vio  con  dulce  alegría 
De  mil  variadas  flores  esmaltado, 
Y  ahora,  en  vez  de  flores  purpurinas, 

De  punzantes  espinas 
En  su  dolor  lo  ve  todo  alfombrado. 


XXI 

Y  al  pie,  sentarse,  de  un  naranjo  añoso, 

De  ramaje  copioso 
Plateado  por  los  rayos  de  la  luna, 

Y  allí,  contarle  á  las  fragantes  flores, 

Sus  dolientes  amores, 
Al  par  que  las  deshoja  una  por  una. 


12  .SANTIAGO    BALESTRA 


XXII 

Mas  ¡ay!  que  ya  en  su  amargo  desvarío, 
Siente  el  manto  sombrío 

Que  la  muerte  le  tiende  con  presteza. 

Al  puro  cielo  con  angustia  mira, 
Un  lento  «¡adiós!»  suspira, 

E  inclina  sobre  el  pecho  la  cabeza. 


XXIII 

¡Espiró!  ¡Su  alma  apasionada,  al  cielo 
Tendió  su  raudo  vuelo! 

¡Las  tenues  auras,  al  pasar,  girando 

En  torno  á  la  glacial  y  oscura  fosa 
Do  su  cuerpo  reposa, 

Van  sus  tristes  amores  suspirando  I 


XXIV 

¡Que  de  amor  ¡ay!  murió  la  dulce  Amalia, 

Como  sencilla  dalia 
Que  muere  sin  cultivo  é  ignorada! 
¡Un  día,  sólo  tuvo  de  ventura, 

Y  luego  la  amargura 
Un  Edén  le  ofreció  para  morada! 


NUBES    DEL    ALMA  13 


Elegía 


i 


Lo  recuerdo  1. . .  no  ha  mucho!. . .  una  mañana! 
Cuando  el  sol.  asomándose  en  oriente, 
Las  campiñas  doraba  lentamente 
Con  los  trémulos  rayos  de  su  albor, 
Tú,  Antonio,  hermano  mío  cariñoso, 
En  tu  lecho  de  amargo  sufrimiento, 
Como  planta  tronchada  por  el  viento 
Yacías  bajo  el  peso  del  dolor! 

II 

Que  al  impulso  secreto  del  destino, 
En  brazos  de  la  muerte  asoladora, 
Inclinaste  tu  frente  soñadora 
Para  siempre  en  su  seno  reposar. 
Que  esa  tu  suerte  fué,  cuando  animoso. 
Ascendías  la  escala  de  la  vida; 
¡Infausta  suerte!  ¡Amarga  despedida... 
Como  el  canto  del  cisne  al  espirar! 


14  SANTIAGO  BALESTRA 


III 


Lo  recuerdo!...  en  aquel  aciago  día, 
Todo  era  triste,  lúgubre  y  sombrío, 

Y  el  dolor,  que  angustiaba  al  pecho  mío, 
La  fuente  de  mis  lágrimas  abrió ! 

Y  era  triste,  la  brisa  que  girando. 
Silenciosa,  en  los  sauces  suspiraba, 

Y  el  ave,  que  en  la  selva  gorjeaba, 
De  congoja  también  enmudeció! 


IV 


I  Yo  no  creí  jamás,  hermano  amado, 
Que  en  los  días  más  bellos  de  tu  vida, 
Me  darías  tu  eterna  despedida, 
De  una  diáfana  lágrima  al  través ! 
¡  Qué  en  tu  afán,  por  buscar  la  luz  ansiada, 
Agotaste  tu  vida  en  un  segundo, 
De  tí,  sólo  quedando  en  este  mundo, 
«¡Un  recuerdo,  una  tumba  y  un  ciprés!» 


NUBES    DEL   ALMA  15 


¿Dónde  fueron  los  bellos  arreboles, 
Del  claro  cielo  de  tu  breve  vida? 
¿Las  auroras  del  alma,  adormecida, 
Que  vagas  vislumbrábamos  los  dos? 
¿Dónde  fueron  los  mágicos  ensueños, 
Que  anidaron  un  día  en  nuestra  mente? 
¡Huyeron,  como  sombras,  raudamente, 
Sin  darnos  al  partir,  su  triste  adiós  1 


VI 


Yo  no  sé,  que  momentos  halagüeños, 
Nos  depara  esta  vida  transitoria, 
Que  el  anhelo  de  dicha  ó  sed  de  gloria, 
Son  sueños  que  acrecientan  nuestro  afán! 
Que  este  mundo  es  un  antro  sin  salida, 
Y  nuestra  inexperiencia  el  mayor  daño, 
Abismo,  en  que  el  dolor  y  el  desengaño, 
Marcando  nuestra  ruta  siempre  están! 


16  SANTIAGO   BAI.ESTRA 


VII 

Y  qué  es,  al  fin,  la  vida?  Agreste  sierra, 
De  innumerables  riesgos  circundada. 
Brumosa,  ardiente  aquí,  y  allá  nevada, 
Condenado  el  mortal  á  atravesar! 

Y  rauda  nuestra  planta  la  traspone, 

Y  después  de  esa  rápida  carrera, 
Una  tumba  tan  sólo  nos  espera 
Donde  va  nuestro  cuerpo  á  descansar! 


VIII 

¡Ay,  triste  fué  tu  muerte  hermano  amado, 
Triste  tu  vida,  de  un  sufrir  sin  calma, 
Qué  cuanto  de  pesar  más  sufre  el  alma, 
Mas  triste  para  el  alma  el  mundo  está! 
]Y  triste,  mi  existencia  se  desliza, 
Como  brisa  que  apenas  ya  suspira, 
Y  cuan  breve  es  la  vida  si  respira 
De  este  mundo  la  amarga  realidad! 


NUBES   DEL   ALMA  17 


IX 


¡Tal  vez,  ni  la  metálica  campana, 
Que  en  tu  muerte  gimió  con  su  tañido, 
Anuncie  que  á  mi  vez  he  sucumbido 
Bajo  el  golpe  insufrible  del  dolor! 
¡Y  triste  moriré,  como  ave  errante, 
Que  al  caer  sobre  estéril  roca  helada, 
No  vislumbra  ya  al  borde  de  la  nada, 
Ni  una  rama  del  árbol  de  su  amor! 


X 


¡Que  el  recuerdo  más  grato  de  mi  vida, 
Fué  ver,  en  mi  sombrío  desconcierto, 
El  mundo,  como  un  árido  desierto 
Desde  la  tierna  edad  de  mi  niñez! 
¡Mas  todo  acabará,  cuando  reunidas 
Nuestras  almas,  se  abracen  en  el  cielo, 
Sin  que  haya  para  mí,  sobre  este  suelo, 
Ni  recuerdo,  ni  tumba,  ni  ciprés! 


18SI. 


18  SANTIAGO    BALESTRA 


La   Pasionaria 


El  alba,  como  tímida  sonrisa, 
Se  dibuja  indecisa, 

Y  de  ese  grato  instante  en  la  honda  calma, 
Los  acordes  que  vibran  adormidos, 

No  hieren  los  oídos 
Sino  que  sólo  los  percibe  el  alma. 

II 

Y  esa  suave  y  lejana  melodía, 

Que  al  despuntar  el  día 
Escucha  el  alma  que  á  sentir  acierta, 
De  la  naturaleza  es  dulce  canto. 

Que  alegre  eleva,  en  tanto 
De  su  tranquilo  sueño  se  despierta. 

III 

La  luz  asciende,  y  la  risueña  aurora, 

Vagamente  colora 
Con  los  rosados  tintes  de  su  manto, 
Los  montes  argentados  por  el  hielo, 

Y  el  azulado  cielo 
Ofrece  con  su  luz  mayor  encanto. 


NUBES   DEL    ALMA  19 


IV 


Y  á  medida  que  tenue  y  lento  avanza, 

Cual  lejana  esperanza, 
El  sol,  que  montes  y  campiñas  dora, 
El  espacio  sin  fin  más  se  esclarece, 

Y  más  vibrante,  acrece 
De  la  tierra  la  orquesta  arrobadora. 


Y  al  calor  suave  de  la  luz  naciente, 

La  límpida  corriente 
Acelera  su  marcha  rumorosa, 
En  ella  el  cielo  con  amor  se  mira, 

Y  más  tierna  suspira 

La  tórtola  que  vuela  silenciosa. 

VI 

Y  si  asoma,  sonriente  y  hechicera, 

La  bella  primavera, 
Los  arroyos  alegres  serpentean, 
Los  árboles  se  visten  de  follaje, 

Y  en  el  verde  ramaje, 
Los  trilladores  pájaros  gorjean. 


20  SANTIAGO    BALESTRA 


VII 

Y  las  fuentes,  los  ríos  y  las  flores, 

Los  múltiples  colores 
De  la  luz,  que  la  atmósfera  abrillanta, 

Y  lo  que  vive,  ó  la  ilusión  anima, 

Lo  que  nace  ó  declina, 
Todo  ama,  todo  ríe,  todo  canta. 


VIII 

i  Con  cuánto  afán,  vital  naturaleza, 

Admira  tu  grandeza 
Mi  alma  sin  paz,  para  sufrir  nacida ! 
¡  Sólo  hallará  mi  espíritu  reposo, 

Cuando  triste,  ó  gozoso, 
Al  fin  retorne  á  tí,  madre  querida ! 


IX 

Allá,  en  la  cuesta  de  lejana  loma, 
Como  blanca  paloma 

Que  esquiva  los  rigores  de  la  brisa, 

Casi  oculta  en  la  fronda  seductora, 
Al  despuntar  la  aurora 

Una  rústica  casa  se  divisa. 


NUBES   DEL  ALMA  21 


En  ella,  un  joven  de  alma  solitaria, 

Y  triste,  cual   plegaria 
Que  eleva  el  moribundo  en  un  desierto, 
Solo  se  alberga;  y  junto  á  su  ventana, 

Contempla  la  mañana 
Sin  olvidar  su  corazón  que  ha  muerto  I 


XI 


Allí,  una  pasionaria  se  levanta, 

En  ella,  un  ave  canta. 
Y  por  sus  verdes  hojas,  resbalando 
El  rocío  albora!,  que  vierte  el  cielo, 

Cae,  pausado  al  suelo, 
Como  ondulantes  lágrimas,  temblando! 

XII 

En  su  tallo,  una  bella  flor  se  ostenta. 

Amorosa  y  contenta 
El  aura,  la  acaricia  con  su  arrullo; 
El  rocío  le  presta  su  frescura, 

Y  la  luz,  suave  y  pura, 
Lenta  despliega  su  gentil  capullo 


SANTIAGO    BALESTRA 


XIII 

El  sombrío  poema  en  ella  escrito, 

Recuerda  lo  infinito, 
El  perdón  para  todos  prometido, 
Y  de  las  injusticias  de  este  suelo, 

El  íntimo  consuelo 
De  la  resignación  y  del  olvido! 

XIV 

El  día  huye.  La  tarde  se  aproxima. 

Y  tras  la  agreste  cima 

De  alta  sierra,  que  apenas  se  divisa. 
Lento  se  oculta  el  sol.  Se  esfuma  el  monte. 

Y  allá,  en  el  horizonte, 

La  moribunda  luz,  brilla  indecisa. 


XV 

La  hermosa  flor,  descubre  su  corola, 

Que  semeja  una  aureola. 
La  tarde,  triste  y  silenciosa  avanza. 
Y  á  medida  que  el  tibio  sol  declina. 

La  bella  flor,  se  anima 
Gomo  al  soplo  inmortal. de  una  esperanza. 


NUBES   DEL    ALMA  23 


XVI 

Y  de  pronto,  parece  que  se  enciende, 

Y  de  ella,  se  desprende 
Un  alma,  que  su  cáliz  encerraba, 

Y  al  triste,  que  la  mira  con  asombro, 

Reclinándose  en  su  hombro, 
Le  dice  dulcemente  :  —  ¡  Te  esperaba  ! 


XVII 

¡  Oculta  en  esa  tierna  pasionaria, 

Inquieta  y  solitaria, 
Hace  ya,  mucho  tiempo  que  te  espero ! 
De  la  fúlgida  estrella  de  la  tarde, 

Bajó,  sin  vano  alarde, 
Para  ascender  con  tu  alma  á  aquel  lucero  I 


XVIII 

¡  Niña  inocente,  me  elevé  á  los  cielos, 

Tu  vida  y  tus  desvelos, 
Siempre  observé,  con  íntimo  cariño  ! 
¡  Tú  también,  desde  acá,  ya  me  adorabas 

¡  Por  algo  que  ignorabas, 
Tanto  amaste  esa  estrella  desde  niño! 


24  SANTIAGO   BALESTRA 


XIX 

j  Y  de  tu  vida,  al  ver  el  fin  cercano, 
Bajé  á  este  mundo  insano 

Para  mostrarte  por  amor  tan  fuerte, 

En  esta  transición  desconocida, 
La  aurora  de  otra  vida 

Desde  la  oscura  noche  de  la  muerte  ! 


XX 

¡  Ven  ;  no  sientas  dejar  la  tierra  ingrata, 

Que  con  rigor  maltrata 
Nobles  almas,  tan  tiernas  y  tan  bellas ! 
¡No  tardes;  ven,  que  allá,  en  aquel  planeta, 

La  vida  es  dulce  y  quieta 
Más  claro  el  sol,  más  blancas  las  estrellas1 


XXI 

Calló  la  voz.  La  noche  misteriosa, 

Serena  y  silenciosa 
Su  etéreo  manto  sobre  el  inundo  tiende. 
Un  tierno  ruiseñor,  arpegia  y  canta, 

Y  tiembla,  y  se  abrillanta 
La  hermosa  estrella  que  el  amor  enciende. 


NUBES    DEL    ALMA  25 


XXII 

La  luna  avanza  sobre  extenso  lago, 
Con  paso  lento  y  vago, 

Como  pálida  imagen  de  la  vida, 

O  sueño  melancólico  del  alma, 
Sin  turbar  la  honda  calma 

De  la  alba  noche  que  á  soñar  convida. 


XXIII 

Las  sombras,  pasan  lentas  y  calladas, 

Las  auras,  sosegadas, 
Dilatan  blandamente  en  su  partida, 
El  tierno,  del  amor,  primer  suspiro, 

Y  en  su  revuelto  giro 
El  último  suspiro  de  la  vida! 


XXIV 

Y  en  el  silencio  de  la  noche  pura, 

En  la  mansión  oscura 
Vibro  un  doliente  y  apagado  grito. 
Las  almas,  al  reunirse,  se  abrazaron, 

Y  al  ascender,  dejaron 
Una  estela  de  luz  en  lo  infinito! 


26  SANTIAGO    BALESTRA 


XXV 

Otra  aurora,  amorosa  se  despierta, 
La  humanidad,  incierta, 

Sobre  su  tumba  con  afán  se  agita. 

Y  ei  sol,  en  su  carrera  al  occidente, 
Alumbra  indiferente, 

Un  cuerpo  inerte,  y  una  flor  marchita! 

Atahualpa,  1908. 


NUBES    DEL   ALMA 


I  ron  di 


Como  un  sueño  de  amor,  no  realizado, 

Y  sólo  acariciado 
Por  el  genio  inmortal  en  su  ancha  frente, 
Allá,  tras  de  un  inmenso  mar  profundo, 

Ignorado  del  mundo 
Yace  un  fértil  y  extenso  continente. 

II 

En  él,  serpean  caudalosos  ríos, 

Que,  claros  ó  sombríos 
En  otros  vierten  su  raudal  sonoro, 
O  por  las  altas  peñas,  rechazadas 

Sus  ondas,  aquietadas, 
Van  á  dormirse  en  sus  arenas  de  oro. 

III 

De  los  frondosos  árboles  gigantes, 

Las  copas  susurrantes 
Se  pierden  en  la  altura  de  los  cielos, 
Más  allá,  dilatando,  de  los  montes, 

Sus  vastos  horizontes 
Como  o!  alma  sus  íntimos  anhelos. 


28  SANTIAGO   BALESTRA 


IV 


Y  entre  sus  selvas  de  asfixiante  aroma, 

La  duda  al  alma  asoma 
Si  en  ellas  filtra  claridad  alguna, 
O  si  la  luz,  que  á  trechos  las  colora, 

Es  la  luz  de  la  aurora, 
O  los  pálidos  rayos  de  la  luna. 


V 


Y  allá,  en  las  tardes  de  las  brisas  quietas, 

Se  avistan  las  siluetas 
De  agrios  cerros,  volcánicos  y  enhiestos, 

Y  más  allá,  de  los  abruptos  montes, 

Cierran  los  horizontes 
Montañas  de  sepulcros  sobrepuestos. 


VI 

El  cóndor,  que  de  allí  su  vuelo  tiende, 

Al  alto  cielo  asciende 
En  espirales  rítmicas  y  bellas, 
Hasta  rozar,  con  sus  potentes  alas, 

En  rápidas  escalas, 
Las  temblantes  y  vividas  estrellas. 


NUBES    DEL    ALMA  29 


VII 

Lagos  azules,  en  profunda  calma, 
Como  la  paz  de  un  alma 

Que  aún  no  agitaron  las  amargas  penas, 

Y  cadencias  lejanas  y  apagadas, 
En  las  noches  calladas 

De  misteriosas  claridades  llenas. 


VIII 

Valles  sombríos,  y  sonoras  fuentes, 
Que  al  parecer,  dolientes 

Lloran  una  ilusión  desvanecida, 

Donde  el  sauce  en  sí  mismo  se  reclina, 
Como  al  dolor,  se  inclina 

La  desmayada  flor  de  nuestra  vida. 


IX 

Y  mares,  que  sus  fondos  encadenan, 

Y  su  furor  refrenan 
Dulces  playas  ó  moles  de  granito, 
Con  sus  ondas  que  airosas  se  levantan, 

Y  sus  brisas,  que  cantan 
Con  la  sublime  voz  de  lo  infinito. 


¿30  SANTIAGO    BALESTRA 


La  ardiente  exuberancia  de  la  vida, 

Eternamente  unida 
A  la  plácida  calma  de  lo  inerte, 
Como  al  pesar,  va  unida  la  alegría, 

La  noche  con  el  día, 
Y  la  breve  existencia  con  la  muerte. 


XI 


Para  cantar  tu  olímpica  belleza, 

—  ¡Madre  naturaleza!  — 
Ni  tengo  inspiración,  ni  frases  hallo, 
Por  eso,  en  mi  tenaz  desasosiego, 

Apasionado  y  ciego, 
Te  amo,  te  admiro,  te  contemplo  y  callo. 

XII 

Y  en  ese  hermoso  y  vasto  continente, 

Como  águila  inocente 
En  su  frondoso  nido  aun  escondida, 
Una  raza  se  agita,  incultivada, 

Y  tal  vez,  destinada 
A  mejorar  las  fuentes  de  la  vida. 


NUBES    DEL   ALMA  31 


XIII 

Ni  el  frío  intenso  ni  el  calor  la  arredra, 
En  sus  grutas  de  hiedra, 

O  en  sus  valles  ó  rusticas  colinas, 

Vaga,  cual  fauno,  á  la  ambición  extraña, 
Y  cual  ninfa,  se  baña 

En  las  diáfanas  ondas  cristalinas. 


XIV 

Las  rocas,  son  su  artística  escultura, 

Su  mágica  pintura 
Que  apacigua  del  alma  los  anhelos, 
Los  verdes  bosques,  ó  la  mar  dormida, 

Y  la  estrella,  perdida 
En  el  fondo  lejano  de  los  cielos. 


XV 

Su  música,  las  dulces  armonías 
De  las  palmas  sombrías 

Mecidas  por  las  auras  susurrantes, 

Y  los  trinos  alegres  y  suaves 
De  las  canoras  aves, 

O  el  rumor  do  las  olas  espirantes. 


SANTIAGO   BALESTRA 


XVI 

Sus  cantos,  por  el  viento  acompañados, 

Apenas  modulados 
Se  pierden  en  la  selva  oscurecida, 
Como  se  pierden  del  placer,  las  horas, 

Fugaces,  cual  auroras, 
En  las  hondas  tristezas  de  la  vida. 


XVII 

Al  sol,  le  rinde  culto  fervoroso, 
Que  en  su  anhelo  piadoso 

Cual  hálito  de  Dios,  solo  y  proscrito, 

Demuestra  el  alma  en  su  pesar  profundo, 
Desde  el  albor  del  mundo 

Su  eterna  aspiración  á  lo  infinito  1 


XVIII 

Que  en  la  naciente  raza,  presentidas, 

Vagan  adormecidas 
Las  ideas,  que  apenas  simboliza, 
Cual  sombras,  que  en  las  noches  sosegadas. 

Ondulan  apartadas, 
De  la  luna,  á  la  luz,  aún  indecisa. 


NUBES    DEL   ALMA  33 


XIX 

Como  ave  inmensa  que  á  su  nido  llega, 

Sus  anchas  alas  pliega 
La  noche  melancólica  y  sombría. 
Y  allá,  tras  alta  y  azulada  loma, 

Bella  y  sonriente  asoma 
La  dulce  y  tenue  claridad  del  día. 


XX 

Despierta  el  mundo.  El  mar  abrillantado, 

Esparce  sosegado 

Sus  apacibles  ondas  en  la  playa. 

La  mansa  fuente  entre  el  juncal  murmura. 

Y  el  ave,  en  la  espesura, 
Sus  melódicos  cánticos  ensaya. 


XXI 

Irandí,  joven  mística  y  hermosa, 

Sacerdotisa,  ó  diosa, 
Que  en  su  raza  mantiene  el  fuego  ardiente 
Del  amor  á  la  luz,  fecundadora, 

Al  rayar  la  alba  aurora 
Eleva  su  plegaria  al  sol  naciente. 

5 


34  SANTIAGO   BAiESTEA 


XXII 

Y  de  otras  voces,  al  vivaz  llamado, 

Sobre  gentil  collado 
Grave  y  solemne  coro  se  levanta, 
Como  un  salmo  de  rústica  armonía, 

O  extraña  sinfonía 
Que  en  medio  del  desierto,  gime  ó  canta. 

XXIII 

Y  á  medida  que  el  sol,  sin  un  celaje, 

Paisaje  tras  paisaje 
Hace  brotar  de  entre  las  sombras  leves, 
Los  cánticos,  se  elevan  más  potentes, 

Más  claros,  más  ardientes, 
Como  notas  unísonas  y  breves. 

XXIV 

De  pronto,  cortan  el  creciente  fuego 

Del  imponente  ruego, 
Seres  extraños,  que  de  la  alta  sierra 
Descienden,  cual  torrente  inesperado, 

Hasta  el  verde  collado 
Al  rudo  acento  del  clamor  de  guerra. 


NUBES   DEL   ALMA  35 


XXV 

El  asombro  enmudeee.  El  miedo  cunde, 

Y  parece  que  se  hunde 
La  tierra.  El  pánico  ó  terror  aumenta. 
Mas  luego,  cual  volcán  que  se  desborda, 

Los  ámbitos  asorda 
Lucha  fiera  y  tenaz,  recia  y  sangrienta. 


XXVI 

Y  horrorizada,  incierta,  temblorosa, 

En  la  floresta  umbrosa 
Se  refugia  Irandí,  cual  ave  herida, 

Y  ante  el  sol,  que  del  bosque,  un  trecho  dora. 

Febril  se  postra,  y  ora, 

Y  es  su  ardiente  oración,  honda  y  sentida. 

XXVII 

Y  en  tanto  que  á  su  dios,  trémula  invoca, 

Y  su  emoción  sofoca, 

Un  tinte  amarillento  el  sol  derrama, 
El  cielo  poco  á  poco  se  oscurece, 

Y  tímida,  enmudece 

El  ave  que  en  la  selva  canta  y  ama. 


30  SANTIAGO    BALESTRA 


XXIII 

Lenta,  como  el  pesar,  llega  la  noche, 

La  flor  cierra  su  broche, 
Cesa  todo  rumor;  reina  la  calma, 
En  el  mar,  en  la  tierra  y  en  el  viento, 

Y  un  vivo  sentimiento 

De  indecible  congoja  inunda  su  alma. 

XXIX 

Y  al  ver  ese  fugaz,  crespón  del  día, 

Que  anuncia  la  agonía 
De  su  inocente  raza  infortunada, 
Al  campo  de  batalla  se  aproxima, 

Y  desde  agreste  cima, 
Atónita,  pasea  su  mirada. 

XXX 

Pero  las  sombras  que  en  los  aires  giran, 

Hondo  terror  le  inspiran, 
Que  sombras  ve  en  el  alto  firmamento, 

Y  sombras  en  el  monte  y  en  el  llano, 

Y  en  medio  de  ese  arcano 

Las  sombras  cubren  ya  su  pensamiento. 


NUBES   DEL   ALMA  37 


XXXI 

Y  al  fin,  qué  ve?  [Su  raza  exterminada, 

Su  patria  idolatrada, 
De  innúmeros  cadáveres  cubierta; 
Oscurecido  el  sol,  desierto  el  mundo, 

Y  en  su  dolor  profundo 

Su  alma  en  la  inmensidad,  sola  y  desierta! 

XXXII 

¡Y  muda  de  estupor,  de  espanto  llena, 

Y  por  aquella  escena 
Cercana  ya,  á  un  funesto  paroxismo, 
Desde  la  cumbre  en  que  su  vista  tiende, 

Sobre  alta  peña  asciende, 

Y  se  arroja,  en  el  fondo  de  un  abismo! 

XXXIII 

En  tanto,  sale  el  sol  de  su  penumbra, 

Y  nuevamente  alumbra 
Las  trágicas  escenas  de  la  tierra. 
Tornan  las  flores  á  exhalar  su  aroma, 

Y  la  tierna  paloma 

A  arrullar  en  los  bosques  de  la  sierra! 


Atahualpa,  1911. 


38  SANTIAGO   BAIiESTRA 


En  las  sombras  de  la  muerte 


El  sol,  entre  celajes,  descendía, 
Irradiando  sus  tenues  resplandores, 
El  aire  se  inundaba  de  armonía, 
Y  el  cielo  de  poéticos  fulgores. 


Más  dulce  y  más  acorde  era  el  sonido, 
De  grana  se  teñía  el  horizonte, 
Y  el  ave  regresaba  al  tierno  nido 
Que  avara  oculta  en  el  lejano  monte. 


Y  de  esa  suave  luz,  á  los  reflejos, 
En  el  silencio  de  la  tarde  en  calma, 
Divisé,  entre  el  follaje,  allá,  á  lo  lejos, 
Un  sitio  de  misterios  para  el  alma. 


NUBES   BKL,    ALMA  39 


Y  con  tristes  recuerdos  en  mi  mente, 

Y  ese  afán  qué  al  espíritu  consterna, 
Encaminé  mis  pasos,  lentamente, 
Hacia  aquella  mansión  de  paz  eterna. 


El  mar,  allá,  en  el  fondo,  murmuraba, 
Sus  olas  en  la  playa  se  adormían, 
En  los  sauces  el  viento  suspiraba, 
Y  las  tumbas  sus  cúspides  erguían. 


Y  en  ese  asilo,  que  este  mundo  olvida, 
Entré,  pensando,  sin  zozobra  alguna, 
Que  la  muerte  es  la  aurora  de  otra  vida, 
O  de  insondable  eternidad  la  cuna. 


40                                    SANTIAGO    r.ALESTRA 



Y  como  un  muerto  más,  que  vaga  incierto, 
Desde  la  arena  ó  la  aromada  alfombra, 
Triste  miraba  aquel  feraz  desierto, 
De  los  cipreses  á  la  dulce  sombra. 


Allí,  ornaba  aquel  suelo  humedecido, 
Verde  hierba,  lozana  y  rumorosa, 
De  la  cual,  parecía  haber  surgido 
De  cada  tallo  una  fragante  rosa. 


Y  entre  las  albas  tumbas,  se  extendía. 
La  azucena  de  pálidos  colores, 
O  la  hiedra  poblada  de  armonía, 
Da  vida,  de  perfumes  y  de  flores 


NUBES    DEL   ALMA  41 


Y  como  puras  almas,  silenciosas, 
Vagaban  en  aquella  estancia  umbría, 
Las  blancas  y  azuladas  mariposas, 
Libando  de  las  flores  su  ambrosía. 


¡Oh  tierra,  en  tristes  lágrimas  bañada, 
Fecundo  oasis,  exento  de  delito  lj 
¡Cómo  avivas  en  mi  alma  desolada 
La  inextinguible  sed  de  lo  infinito! 


Aquí,  todos  se  abrazan,  confundidos 
En  una  misma  inevitable  suerte, 
Y  sin  rencores  ya,  duermen  unidos 
En  el  seno  insondable  de  la  muerte. 


42  SANTIAGO    BALESTRA 


Que,  hasta  los  más  airados  combatientes, 
Caídos  á  la  clara  luz  del  día 
Entre  ayes  y  expresiones  maldicientes, 
Se  reconcilian  en  la  tumba  fría. 


Que  los  hombres  podrán  trocar  su  suerte, 
Y  del  mundo,  expatriarse  en  rato  insano, 
Pero  nunca  expulsarse  de  la  muerte, 
Porque  tanto  no  puede  el  odio  humano. 


Que,  aun  cuando  por  el  tiempo  exterminados, 
Sus  partículas  floten  en  la  altura, 
Esos  átomos  leves  y  apagados 
Volverán  á  esta  inmensa  sepultura. 


NUBES   DEL    ALMA  43 


Y  allí,  en  la  ardiente  fragua  de  la  vida, 
Esa  ceniza  gélida  y  liviana, 
En  su  transformación   desconocida, 
Pensamiento  y  acción  será  mañana. 


Que  así,  cual  nuestros  cuerpos,  en  esencia, 
Del  polvo  de  otros  cuerpos  se  formaron, 
También  formada  está  nuestra  conciencia, 
Con  parte  de  los  siglos  que  pasaron. 


Y  ahondando  en  los  misterios  de  la  muerte, 
Me  apoyé  sobre  oscura  tumba  helada, 
Creyendo  anticiparme  de  esta  suerte 
Al  silencio  imponente  de  la  nada. 


44  SANTIAGO    BALESTRA 


Y  en  tanto  me  perdía  en  este  arcano, 
De  mi  hondo  ensueño  á  despertarme  vino, 
Un  toque  de  oración,  suave  y  lejano, 
Como  un  canto  augural  de  otro  destino. 


Y  allá,  en  el  horizonte  dilatado, 
La  luna,  bella  y  fúlgida  ascendía, 
Mientras  un  tierno  trovador  alado 
El  espacio  inundaba  de  armonía. 


Atahualpa,  1912 


ARFEQI05 


Arpegios 


i 

A... 

Para  arribar  á  tus  brazos, 
Surcaba  la  mar  serena, 
Mas  una  falsa  sirena 
Mi  leve  esquife  volcó. 

Y  desde  aquel  triste  día, 

Tu  imagen  flota  en  mi  mente, 

Como  la  luz  esplendente 

De  un  astro  que  se  extinguió. 

Si  al  ver  que  así  naufragaba, 
Me  hubieses  tendido  ansiosa. 
Tu  mano  firme  y  piadosa. 
Desde  la  playa  del  mar. 
Yo  te  hubiera  levantado, 
Un  templo  en  el  pecho  mío, 

Y  hoy  no  vería,  sombrío, 
Mis  horas,  tristes  pasar. 


48  SANTIAGO   BALESTBA 


Tal  vez,  tu  mente  no  guarde, 
Ni  un  recuerdo  pasajero, 
De  aquel  tu  ensueño  primero 
Que  fué  mi  dulce  ilusión. 
Yo  nunca  pude  olvidarte, 
Flor  de  purísima  esencia, 
Que  desde  mi  adolescencia 
Vives  en  mi  corazón. 


Si  algún  día,  compasiva, 
Visitas  mi  tumba  helada, 
Y  ves  en  ella,  bañada 
De  lágrimas  una  flor. 
Contémplala  como  aquella, 
Que  en  tu  pecho  se  ha  dormido, 
Que  esa  flor,  habrá  nacido, 
Del  recuerdo  de  tu  amor. 


NUBES   DEL    ALMA  49 


II 


En  un  álbum. 


Árbol  es  mi  corazón, 
Donde  anida  la  congoja: 
Muerta  en  él  toda  ilusión, 
No  alienta  una  débil  hoja 
Que  murmure  una  canción. 


Por  eso,  en  vez  de  cantar, 
Cual  ave,  entro  flores  rojas, 
Tan  sólo  acierto  á  dejar, 
En  este  bello  ejemplar, 
Una  lágrima  en  sus  hojas. 


50  SANTIAGO   BALESTRA 


III 


No  busques  placer  en  raí, 
Que  ya  no  veo  horizontes, 
Ni  mar,  ni  cielo,  ni  montes, 
Que  dulces  me  hablen  de  tí. 


Mi  vida  es  triste  panteón, 
Sin  flores  ni  lumbre  alguna, 
Y  en  él,  á  un  rayo  de  luna, 
Muerto  se  ve  un  corazón. 


NUBES   DEL   ALMA  51 


IV 


Si  en  el  mundo  falaz  todo  es  mentira, 
Y  mentira  también  los  sueños  son, 
Mentira  por  mentira,  yo  prefiero, 
La  mentira  del  sueño  seductor. 


Y  en  dulce  soledad,  lejos  del  mundo, 
Contemplando  las  horas  que  se  van, 
Vivir  quisiera  yo,  vivir  soñando, 
Mas  nunca  de  ese  sueño  despertar. 


SANTIAGO   BALESTRA 


La  vida  es  árbol  maldito, 
Que  un  aura  leve  derrumba. 
Su  pie  respira  en  la  tumba, 
Y  su  copa  en  lo  infinito. 


NUBES   DEL    ALMA  53 


VI 


Por  este  antro  de  maldad, 
Do  el  bien  no  tiene  un  asilo, 
Sigo  mi  senda,  tranquilo, 
Mirando  á  la  eternidad. 


54  SANTIAGO   BALESTRA 


fioche  de  luna 


La  paz  suprema,  fluye  de  los  cielos, 

Los  íntimos  anhelos 
Se  templan  al  calor  de  una  esperanza, 

Y  del  día,  á  los  últimos  fulgores, 

Se  apagan  los  rumores 
Como  un  eco  perdido  en  lontananza. 

II 

En  los  valles  extensos  y  sombríos, 

Y  en  los  undosos  ríos 
Reina  una  claridad  de  encanto  llena, 
Como  nota  de  triste  melodía ; 

Tenue  lumbre  del  día 
Difundida  en  la  atmósfera  serena. 

III 

A  las  frondas  que  tímidas  ondean, 

Los  céfiros  orean 
Sin  hacer  de  su  ritmo  vano  alarde, 

Y  en  un  cielo  de  espléndida  hermosura, 

Brilla  tranquila  y  pura 
Cual  blanca  flor,  la  estrella  de  la  tarde. 


NUBES   DEL   ALMA 


IV 


Hora  de  amor  y  de  oración,  dulce  hora, 

Serena  y  seductora 
En  que  todas  las  fuerzas  se  adormecen, 
Despertando  en  los  tiernos  corazones, 

Ensueños  é  ilusiones 
Que  en  la  vida  real  se  desvanecen. 


El  éter,  que  aparece  transformado, 

Ostenta  sosegado 
Los  almos  soles  de  colores  varios, 
Y  sus  tibios  y  vagos  resplandores, 

Se  duermen  en  las  flores, 
O  flotan  en  los  campos  solitarios. 

VI 

¡  Oh  noche,  reflexiva  y  fulgurosa! 

¡  Qué  dulce  y  amorosa 
Nos  dejas  con' tus  alas  celestiales, 
Como  de  amante  fiel,  tierno  regazo, 

El  olvido,  á  tu  paso, 
De  las  viles  acciones  terrenales! 


50  SANTIAGO   BALESTItA 


VII 

¡Ah,  cuánta  paz  derramas  sobre  mi  alma! 

¡Cuántas  horas  de  calma 
Te  debo  ¡oh  noche!  arrulladora  y  pura! 
I  Qué,  cuántas  inquietudes  en  mi  mente, 

Disipaste  inocente 
Con  tu  inefable  y  plácida  dulzura! 

VIII 

¡Y  tú,  ¡oh  luna!  que  avanzas  silenciosa, 

Como  púdica  diosa 
Que  pasa  por  el  mundo  del  delito, 
Señalando  los  ámbitos  del  cielo 

Al  alma  sin  consuelo 
Que  aspira  á  dilatarse  en  lo  infinito! 


IX 


¡Cuan  suave  y  dulcísima  armonía, 

Y  cuánta  poesía 
Esparce  tu  alba  luz  encantadora, 
Que  alumbra  como  á  extenso  mar  en  calma, 

La  honda  noche  de  mi  alma 
Donde  no  asoma  ya  una  blanca  aurora! 


NUBES    DEL   ALMA  57 


X 


¡Cuántas  veces  ¡oh  luna!  he  recordado 

A  tu  fulgor  templado, 
Aquella  tarde  pálida  y  sombría, 
En  que,  á  la  tenue  luz  de  un  sol  de  Mayo, 

Que  con  sesgado  rayo 
Las  ramas  espesísimas  hería, 


XI 


De  un  frondoso  y  enhiesto  limonero, 

Mi  tierno  compañero 
De  la  infancia  fugaz,  que  nunca  olvido, 
Bañando,  al  traspasar  el  oleaje 

De  su  verde  follaje, 
La  alcoba  de  mi  hogar,  dulce  y  querido, 

XII 

Contemplaba,  siendo  aún  niño  inocente, 

Con  aire  indiferente 
A  mi  padre  infeliz,  rígido  y  yerto, 
Y  á  mi  amorosa  madre  idolatrada, 

En  lágrimas  bañada 
Al  pie  del  casto  nido  ya  desierto, 


58  SANTIAGO    BALESTEA 


XIII 

Sin  comprender,  que  á  la  existencia  mía, 

Desde  ese  infausto  día 
Un  inmenso  dolor  la  sombreaba, 
Ni  presentir  siquiera,  en  mis  desvelos 

De  niño,  sin  anhelos, 
El  triste  porvenir  que  me  esperaba! 


XIV 

¡Y  cuántas,  en  mis  sueños  abismado, 

También  he  recordado 
Mi  estéril  juventud,  evaporada 
En  medio  de  un  desierto,  entre  agrios  montes, 

Y  extensos  horizontes 
De  una  inculta  campiña  dilatada, 


XV 

Sin  hallar,  esas  dulces  afecciones, 

O  gratas  expansiones 
Que  destierran  del  alma  las  congojas: 
Como  alga,  que  al  morir,  triste  se  inclina, 

Sin  que  un  aura  marina 
Refresque  amante  sus  marchitas  hojas ! 


NUBES    DEL    ALMA  59 


XVI 

O  ya,  he  soñado  ver,  mi  alma  de  nieve, 

Con  el  suave  relieve 
Con  que  á  tu  blanca  luz  todo  se  viste, 
Pero  el  hombre  es  el  ser  más  nebuloso, 

Y  lo  más  misterioso 
O  incomprensible  que  en  el  mundo  existe. 


XVII 

Pero  algo  superior  hay  en  su  mente, 
Algo  que  piensa,  y  siente 

Deseos  de  supremas  expansiones, 

Entre  pesares  íntimos  que  matan, 
Y  ensueños,  que  dilatan 

Un  enjambre  de  blancas  ilusiones: 


XVIII 

El  inmortal  espíritu,  que  anima, 
Y"  acrecienta,  y  sublima 

Ese  afán  misterioso  que  levanta 

A  lo  infinito  el  pensamiento  humano: 
Cautivo  soberano 

Que  en  ruda  cárcel  sus  anhelos  canta. 


GO  SANTIAGO    BALESTKA 


XIX 

Que  el  mundo,  sin  espíritu,  sería, 

Como  noche  sombría, 
Como  astro  errante  por  la  muerte  herido, 
Como  flor  sin  perfume  y  sin  encanto, 

Como  un  ave  sin  canto 
Que  triste  llora  su  desierto  nido. 


XX 

Por  eso,  flotan  en  la  mente  humana, 

Desde  la  edad  temprana, 
Esos  sueños  de  amor  y  encanto  llenos, 
Que  tal  vez,  en  etéreas  ascensiones, 

ü  suaves  gradaciones 
Se  realicen  en  mundos  más  serenos. 


XXI 

¡Y  cuando  mi  alma,  que  hoy  su  afán  recuerda, 

Al  fin,  rauda  se  pierda 
En  la  honda  eternidad  desconocida, 
Sed  tú  ¡oh  luna!  en  esa  hora  postrimera. 

Mi  dulce  compañera 
Como  lo  fuiste  en  mi  agitada  vida! 


NUBES   DKI.   ALMA  61 


XXII 


¡Y  alumbra,  como  antorcha  funeraria, 

Mi  tumba  solitaria 
Con  tu  luz  de  infinita  transparencia. 
Ya  que  bajo  tu  faz,  serena  y  pura, 

La  amarga  desventura 
Fué  el  único  laurel  de  mi  existencia! 


ÍNDICE 


Amalia 5 

Elegía 13 

La  Pasionaria 18 

Irandí 27 

En  las  sombras  de  la  muerte    ....  38 

Arpegios 47 

Noche  de  luna .54 


PLEASE  DO  NOT  REMOVE 
CARDS  OR  SLIPS  FROM  THIS  POCKET 

UNIVERSITY  OF  TORONTO  LIBRARY 


PQ     Balestra,  Santiago 
S519      Nubes  del  alma 
B17N8 


O  •*   1 

5Sn_ 

=  lu  r- 

<:H 

=  -  5  ' 

LU; •- 

¡=c/> 

>  ■ 

=  0    y- 

C/)  = 

^Q.   O